Retrato de Manuel Azaña

El reloj marcaba las 23:45 del 3 de noviembre de 1940 cuando en una habitación del Hotel du Midi de Montauban expiraba el último Presidente de la República Española, tras haber sufrido un infarto cerebral semanas antes. Acababa así la vida del alcalaíno más importante del siglo XX, un verdadero hombre de estado.

 

Manuel Azaña había nacido el 10 de enero de 1880 en la casa familiar de la calle de la Imagen. Procedía de una familia importante en la historia de Alcalá. Su abuelo, Gregorio Azaña, fue uno de los fundadores de la Sociedad de Condueños y el notario de la compra de la manzana cisneriana al Conde de Quinto mientras que su padre, Esteban Azaña, fue alcalde de Alcalá en varias ocasiones y escribió una obra imprescindible para conocer la historia local: Historia de Alcalá de Henares (antigua Compluto).

Casa Natal de Azaña. Foto Centro Virtual Cervantes

Su infancia pasó en nuestra ciudad. Recibió las primeras letras en la antigua escuela situada en la Calle Escritorios, pasando después al colegio de los Escolapios situado en el antiguo Colegio Mayor de San Ildefonso. El bachillerato, sin embargo, lo haría en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid y la carrera de Derecho en el Real Colegio de Estudios Superiores María Cristina de El Escorial. Se licenció con sobresaliente el 3 de julio de 1898 por la Universidad de Zaragoza y se doctoró el 3 de abril de 1900 por la Universidad Central de Madrid.

Manuel Azaña de niño. Tomada de ‘Azaña. Memoria Gráfica. 1880-1940′

Fue un joven muy activo, perteneciendo desde la veintena al Ateneo madrileño, a la Academia de Jurisprudencia y estudiando un tiempo en París. En aquellos tiempos vio nacer una vocación intelectual y periodística que había comenzado en Alcalá a los 17 años, cuando editó junto a unos amigos una pequeña revista llamada Brisas del Henares. Escribiría también en Gente vieja, en La correspondencia de España, en La pluma, revista literaria, en España y en otra revista fundada por él en Alcalá, La Avispa. A la par, comenzó una brillante carrera dentro del funcionariado del Ministerio de Justicia.

Manuel Azaña (1915)

Si queremos buscar el inicio de su labor política, debemos volver a nuestra ciudad. Fue en 1911 cuando dio su primer discurso en la Casa del pueblo del PSOE en Alcalá titulado El problema Español. Dos años después, en compañía de Ortega y Gasset, se afiliaría al Partido Reformista de Melquíades Álvarez, participando activamente en actos y viajes que buscaban llevar a España a una verdadera democracia liberal y laica. Tras intentar varias veces llegar al Congreso de los Diputados, el Golpe de Estado de Primo de Rivera y la colaboración de Alfonso XIII con el dictador le hizo dirigir sus metas políticas a conseguir la llegada del único régimen que él consideraba completamente democrático: la República. En la clandestinidad, se reunía con personajes importantes en los años venideros como José Giral o Lerroux mientras que públicamente mostraba su faceta literaria que le llevó a ganar el Premio Nacional de Literatura en 1926.

Azaña junto a Queipo de Llano en unas maniobras militares como Ministro de Guerra. Tomada de ‘Azaña, memoria gráfica. 1880- 1940′

Tras la dimisión de Miguel Primo de Rivera, reactivaría públicamente su labor por la búsqueda del cambio de régimen presentando el Grupo de Acción Republicana, con el objetivo de aglutinar todas las fuerzas republicanas y de izquierdas. Tras fracasar una insurreción republicana en diciembre de 1930, se escondió durante meses hasta que el resultado de las elecciones del 12 de abril de 1931 y el entusiasmo popular de Madrid, hizo que fuera recogido por sus amigos y llevado a la Puerta del Sol donde haría un discurso desde el balcón del Ministerio de Gobernación y luego se dirigió al Ministerio de Guerra para hacerse cargo de él e intentar que la transición a la República fuera pacífica, como así fue.

Manuel Azaña en un mitin de Izquierda Republicana (1935)

Llegamos así a la parte más trascendental y conocida de su vida como líder político de la II República Española. Diputado en todas las legislaturas, continuó en el cargo de Ministro de Guerra hasta septiembre de 1933, que compaginó con el de Presidente del Consejo de Ministros de España. Previamente, entre octubre y diciembre de 1931, había sido Presidente del Gobierno Provisional de la República. Después de una legislatura en la oposición, tras las elecciones de 1936 fue elegido Presidente de la República Española, abandonando el cargo poco antes del final de la Guerra Civil Española, el 27 de febrero de 1939. Exiliado en Francia, fue condenado a una multa millonaria y a la incautación de sus bienes, como ocurrió con su casa natal en Alcalá.

Manuel Azaña y Negrín revisando el frente de Madrid durante la Guerra Civil. Tomada de ‘Azaña, memoria gráfica. 1880- 1940′

El exilio pasó factura a su salud. Una gripe mal curada y el descubrimiento de una afección cardiaca le hicieron pasar por momentos delicados, como relata Santos Juliá en su biografía sobre Azaña.

Pasaba las horas sentado día y noche en un sillón de orejas, sufriendo espasmos y continuos ataques de tos, escupiendo sangre, sin poder hablar, sin fuerza para llevarse nada a la boca, sin sueño, sin dormir, lleno de alucinaciones, descansando gracias a buenas dosis de calmantes que no suprimían un permanente estado de nerviosismo e inquietud

Manuel Azaña y familia en el exilio (1940)

Manuel Azaña y familia en el exilio (1940)

Además sufrió la persecución de la Gestapo y de grupos falangistas enviados para capturarle, teniendo que ser escondido en un hotel de Montauban por el embajador de Méjico. Allí sufrió el infarto cerebral que afectó a su habla y le paralizó la cara y allí supo que algunos familiares y allegados habían sido deportados por la Gestapo a campos de concentración. Todo esto acabaría haciendo mella definitivamente en su salud hasta llegar al desenlace con el que comenzamos la entrada.

Entierro de Manuel Azaña (1940)

Manuel Azaña es un personaje indispensable para entender la Historia de España del siglo XX. Un intelectual, un hombre de Estado que nació en la Calle de la Imagen de Alcalá justo enfrente de donde lo había hecho Miguel de Cervantes tres siglos antes. Aunque esto, siendo él un gran cervantista, nunca lo llegó a saber.